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ViajARTE


La tumba de Lady Elizabeth Nightingale2017
20
Ene

La tumba de Lady Elizabeth Nightingale

Hay obras de arte capaces de sacudirnos, de impresionarnos con una fuerza desmedida, alienante, que resiste al paso del tiempo; obras que nos hacen olvidar o que dejan en la neblina de lo secundario incluso los templos, los palacios o los museos en que se hallan. Ese momento exacto en que la escultura o el cuadro que admiramos toma nuestro aliento, se clava en la memoria como un estilete afiladísimo y se expande eternamente, volviendo a nuestra memoria a lo largo de los años. Quizá nuestro recuerdo no es perfecto, todo lo nítido que quisiéramos, o lo hemos modificado en parte pero lo principal se mantiene y se repite en nuestro interior regocijándonos una y otra vez.

Por Guillermo Arroniz López


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Supongo que ese impacto es lo que intento transmitir cuando escribo poesía sobre Arte, que es esa sensación intensa la que me mueve al acto de creación que es en sí una recreación de lo que ven mis ojos pero también lo que se mueve con fuerza sísmica en mi mente frente a esa obra de Arte que me enamora.

Eso fue exactamente lo que me sucedió la primera vez que vi el grupo escultórico de Lady Elizabeth Nightingale, en el transepto norte de la abadía Londinense de Westminster.

Tenía yo por aquel entonces unos veinticinco años, y llevaba meses descubriendo la gran ciudad, la gran metrópoli del siglo XIX, la cuna del imperio Victoriano... Mi economía era casi la de un estudiante ya que mis trabajos eran los propios de quien llega a la ciudad y empieza a aprender de verdad el idioma, a pesar de llevar casi veinte años de clases de Inglés recibidas en España, y eso significaba que mis periplos por la urbe rondaban siempre los rincones de entrada gratuita, las calles y las vistas del río Támesis, pero la catedral de San Pablo, la Torre, o la abadía eran lugares vedados si quería ahorrar.. por más que mi espíritu se inquietase, rebosante de ganas de conocer sus interiores, sus secretos. Durante aquellos meses de mis primeras estancias en la isla sólo llegué a penetrar en la última de las tres edificaciones mencionadas. La catedral y sobre todo la Torre tuvieron que esperar muchos años... aunque al menos la catedral permitía pasar el umbral unos pasos y ver, desde los pies del templo, la imagen general de aquellos techos maravillosos, cubiertos por los mosaicos con los que se quiso encandilar a la reina Victoria, y también era libre el paso a su cripta donde estaba y creo que sigue estando la tienda.

Ignoraba yo casi todo por aquel entonces sobre Westminster, salvo que la capilla de Eduardo VI tenía la maravillosa bóveda o techo de abanico y que entre sus altos muros, sin saber exactamente el lugar, estaba enterrada María I, la gran reina incomprendida por su país. Por eso mismo cada paso fue un descubrimiento en este enorme museo de escultura en el que, de alguna forma, lo han convertido todas las tumbas que en ella se hallan. Por supuesto su altura me impresionó, siempre fui devoto de aquellas grandes obras del gótico que, desafiando la complejidad técnica, se elevaban gráciles y delgadas, como si la piedra no pesase, hacia los cielos, donde habita Dios. Cuanto más altas y más luminosas, mayor el impacto y la admiración. Por aquel entonces aún no había aprendido a apreciar el Románico y la arquitectura que llamaba mi atención tenía dos nombres y un apellido: Gótico, Barroco y Neogótico. Así que aquellas altas naves, rebosantes de luz, me atraparon desde el primer momento. No fue lo único que me encantó del templo. Los tesoros que alberga son numerosos en muchos sentidos. Histórica y Artísticamente se pueden contar decenas y decenas de hitos en esta iglesia pero hay dos de ellos que vibran dentro de mi corazón: uno de ellos demuestra el amor de este pueblo por la Historia y sus grandes hombres, con especial atención a sus escritores: "Poets' Corner" (El Rincón de los Poetas), en el transepto sur, es un conjunto de tumbas y lápidas funerarias de las personalidades que han forjado los siglos de esta nación. En algunos de ellos están contenidos los restos, otros son sólo conmemorativos, como en el caso de Shakespeare, que descansa en Stratford-upon-Avon. Dickens, Chaucer, Händel, Kipling o Laurence Olivier son algunos de los grandes nombres que pueden encontrarse en este lugar. Ese valor que los Ingleses (o los Británicos, no estoy cien por cien seguro de si los Galeses, Escoceses e Irlandeses hacen igual) dan a la Historia y a su Literatura, su Política, su Música, y su Arte en general me conmueve. Creo que en ese sentido son un ejemplo a seguir pues, en mi opinión, el legado del Hombre es, ante todo, su patrimonio cultural. Que en el más importante de sus templos recuerden y conmemoren así a estas figuras es el mejor ejemplo de ese valor que, a día de hoy, siguen otorgando a conservar su memoria, su pasado.

El segundo de los rincones especiales es, para mí, la capilla que contiene el cuerpo de María I, una mujer maltratada por su padre hasta el horror (la tuvo años separada de su madre, ni siquiera la dejó acudir a su lecho de muerte, y llegó a relegarla a lugares cada vez más apartados de la corte porque no quería aceptar la tesis de que el matrimonio entre sus padres era nulo y por lo tanto ella era bastarda); una mujer que sólo pudo refugiarse en su fe, y a la que la memoria de su hermanastra ha arrastrado por el fango y la sangre, siendo su padre mucho más cruel y sanguinario, puestos a comparar. Siento como mío el dolor de aquella mujer que nunca quiso perder la dignidad y se enfrentó a todo y a todos para cumplir su destino. Ella merecía un monumento funerario de primer orden y sin embargo... no tiene ninguno: yace bajo la mole de piedra que conmemora a su sucesora en el trono, Isabel I, juntas en la Eternidad, condenadas a entenderse.

No obstante, a pesar de todos estos prodigiosos lugares y esculturas, lápidas y vidrieras, bóvedas y columnas, algo se quedó impactado en la retina de mis ojos: la tumba de Lady Elizabeth Nightingale. Se encuentra en la capilla de San Miguel, en el lado Norte, como comentaba antes. Elizabeth nació en 1704, y era hija de Washington Shirley, conde de Ferrers y Vizconde de Tamworth y su esposa María. Era la mayor de tres hermanas y falleció con tan sólo 27 años, tras dar a luz tres hijos y una hija, siendo su fallecimiento consecuencia del impacto que le causó un gran relámpago, lo que llevó al parto prematuro de la hija ya citada, que la sobrevivió. El grupo escultórico de su tumba está compuesto por tres figuras: la propia Elizabeth, su esposo Joseph Gascoigne, que fallecería veintiún años después de quedarse viudo y que también reposa aquí, y la Muerte, representada por un esqueleto vestido apenas con unas finas telas de dejan sentir sus huesos carcomidos. El efecto que causa es brutalmente teatral: desde unas puertas metálicas bajas, a ras de suelo, sale el alto esqueleto que mira hacia arriba, en una especie de segundo piso, donde se encuentran los otros dos personajes: ella se encuentra sentada, con rasgos obvios de cansancio, y apoya su cabeza en el hombro de Joseph, que se ha percatado de la presencia de la Muerte y con el gesto de su mano derecha adelantada y su voz (aunque no pueda oírse) intenta impedir que la huesuda mano clave la lanza en su esposa y, así, se la arrebate para siempre.

Heroico pero inútil intento el del esposo que lucha en vano con quien no puede ser derrotado. Esa lanza es la que, terrible, une ambos niveles y sirve de mensaje y de fin, dando tanto pavor casi como la figura que simboliza el último trance para el que todos nacimos.

Como curiosidades se puede decir que la calavera ha perdido la mandíbula inferior, lo que la hace aún más amenazadora, más devastadora; y que la lanza, que es de madera, ha sustituido a la original, que se perdió.

¿De dónde sacó la inspiración el escultor, Louis Francois Roubiliac, para esta obra, cuando la ejecutó en 1761? Si bien las figuras responden a los gustos del siglo XVIII, el concepto es terriblemente romántico, y su efecto en el espectador impactante como el de una obra de Víctor Hugo. Se dice que la idea tiene su origen en un sueño del cuñado de la finada, quien creyó ver salir un esqueleto de los pies de su cama. He ahí el milagro del autor pues, de una idea más o menos común (ya se ve que los monstruos han tenido su cobijo bajo el lecho durante siglos) el artista labra este logro inolvidable, esta representación eterna del momento de la partida de Lady Elizabeth cuya tensión dramática reside en que la Muerte sale de unas puertas subterráneas que pueden abrirse en cualquier parte, y no le hace falta ni siquiera sacar sus dos “pies” de la morada, sino sólo asomar el cuerpo lo suficiente para traspasar con su dardo al “elegido”, el que tiene que irse.

A finales de 2016 volvía a visitar este templo, y volvía a maravillarme ante la fuerza de esta pieza que nos habla a todos de ese momento que no podremos evitar, con independencia del poder o el dinero del mortal que quiera ampararnos ante tal momento… Quién pudiera, al menos, dejar tras de sí algo similar a este rincón, para que pudieran recordarlo y repetir su nombre con el pasar de las décadas.

La tumba de Lady Elizabeth Nightingale.

Estás en todas partes, vieja Muerte. Los años han mordido tu figura y queda en la mitad tu dentadura que siembra dentelladas de lo inerte.

En vano intenta Joseph detenerte: tu lanza nunca cambia su deseo, jamás escapa de su filo un reo que tiene cita ciega con tu suerte.

Elizabeth está casi en tus redes, por más que apoye, débil, la cabeza en hombro de mortal, al que no cedes,

por más que muestre fuerza o entereza. Tu presa se abandona lentamente, tu sombra llega fría e indolente.



Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.


Fotos

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arroniz López Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Colabora como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y ha publicado la novela “Epitafio del Ángel”, a la que siguió una colección viva de nanorrelatos históricos. Egales acaba de publicar Pequeños Laberintos Masculinos, su primera colección de relatos gays.

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