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La desnudez de los modelos. Las miradas de los artistas. Florencia.2014
07
Feb

La desnudez de los modelos. Las miradas de los artistas. Florencia.

¿Se ha tomado alguien la modestia de medir cuántas obras de Arte representan la belleza masculina desnuda o en plenitud en esta ciudad? El resultado podría ser sorprendente. Florencia es, desde luego, una de las urbes con más bellos inmortalizados por el genio de los pintores y escultores. ¿Cuál es tu favorito? Pensar en el momento en el que posaban para los artistas tiene una enorme carga, a un tiempo erótica y cultural, que me incita a preguntarme muchas cosas... Caminar por Florencia siempre es ahogarse en un océano de belleza.

Por Guillermo Arroniz López


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Es hoy día para hablar de un tándem de tópicos que posiblemente no deberían ser tocados ya más, como la rosa del poema de Juan Ramón Jiménez. Pero eso no me detendrá. El deseo es más grande que el riesgo que se asume. El deseo (forma erótica de la voluntad, hermano de vida alegre de la casta y trabajadora voluntad) barre distancias, tiende puentes, mina montañas o abre en ellas desfiladeros y hace hablar a los que deberían permanecer mudos. Y yo no puedo sustraerme a este anhelo de hablar de Florencia. Y del bello cuerpo del hombre. Inspirador hasta agotar con todo mármol para rendirle homenaje, con todo papel para entonarle elegías, con todo esfuerzo para perpetuarlo en la memoria de la Humanidad como sólo pueden hacerlo los Artistas con mayúsculas.

Es posible que haya empezado este artículo de una forma demasiado grandilocuente... Creo que lo merece. Imaginemos, por un momento, a ese Artista poniendo su cartón y su carboncillo por primera vez frente al modelo, empezando a desarrollar ese personaje clave de sus bocetos para su obra épica, bíblica, de resonancias gigantescas para toda la Humanidad. Pensemos cómo ha pasado noches y días dando vueltas a su composición, al origen de la luz, la perspectiva, la eliminación de lo superfluo o en la proliferación del adorno que remarque el carácter lujoso del lienzo. Concentrado como está, de repente, aparece el desnudo modelo y, ¡ah, maravillas de la Belleza!, por un instante ese gran pintor olvida hasta su nombre. No hay más perfecta obra, más beldad para el ojo que esa creación, tridimensional y viva que tiene frente a sí.

Veo a Miguel Ángel, dividido interiormente, en un drama ciclópeo como sus obras, adorando esos músculos fuertes, ese dinamismo corpóreo, esa llama que enciende la suya propia... pero negándose a tocarla, a caer en la tentación de hacerla real salvo a través de sus trabajos donde toca cada rincón, cada pliegue de la piel, cada suavidad de la carne o esquina del hueso.

Veo a Leonardo, jovial y alegre siempre, distrayendo al modelo con sus divertidas historias mientras lo dibuja, planteándose el dilema sobre si el hombro es redondo como el movimiento de la ola de mar o si el brazo fuerte podría albergar suficientes plumas como para volar, o si el delicado pubis del adolescente puede retener más luz que una mirada. Al acabar la sesión, dejando el boceto para siempre incompleto, ese modelo se acerca al maestro, sin camisa o calza de por medio, para seguir el camino de la seducción artística.

Veo a Sandro Botticelli, mirando con sus ojos de maligna aplicada, concentrado igualmente en ganar la admiración de todos cuando vean su trabajo como en tender su trampa de araña sobre el hombre en cuyo cuerpo se pierde. La vanidad luchando con la lascivia de una intensidad contra la que se defiende autoengañándose, sin que le disculpe o medie la elevación a un fin o belleza superior, la auténtica Fe de creer en eso por lo que se realiza el sacrificio. Los ojos de ese Artista perdiéndose, como sexos penetradores, sedientos de carne.

Por no mencionar las emociones del numen, el modelo inspirador, el ejemplo que el Poeta (poeta de los pinceles, pero poeta al fin) sublima con sus ojos llenos de fervor. Ese modelo quizá que posa por primera vez, desde la inocencia, quizá empujado por la necesidad y que siente esas miradas llenas de semen o de sensualidad, de coqueteo: unas arañando su espalda, otras acariciando sus muslos. El modelo siente sin duda el cosquilleo de esas brochas a través de los ojos... O quizá hablamos de un experto en la forma de ganarse la vida, dispuesto siempre a otro tipo de servicios que también le dan dinero; quizá atento, avezado, a la caza de un protector que le dure, al menos, lo que la belleza, mostrando su cuerpo de manera grandilocuente, impúdicamente, prometiendo sin decir nada, placeres más allá de la realización de la obra y la inmortalización de su momento de oro, su cénit físico desde el punto de vista del modelo griego. ¿Qué piensa el modelo cuando posa, como el héroe, desafiante, dejando completamente a la vista su sexo en reposo o quizá las redondeces fuertes de sus nalgas?

En definitiva un cuarto se espejos para un juego de seducciones que van de la mirada subjetiva del pintor a la carne en esplendor, de la veneración a la exhibición, del deseo del pincel y el amor del color, a la entrega de la piel al juego de la luz y la sombra... hay cosas que se hacen en sombra que provocan sublimemente si se acometen a plena luz.

He de confesar, sin embargo, que me intriga el Adán expulsado del paraíso que Masaccio creó para la capilla Brancacci de la iglesia de Santa María del Carmine en Florencia. Cierto es que el drama del tema y los hombros echados hacia adelante, el gesto de la cabeza inclinada, tapado el llanto por la mano, el momento supremo de la caída del hombre, son terribles y sin embargo... Sin embargo me resulta imposible sustraerme a la belleza de unas piernas alargadas, elegantes, donde se posa la luz como si quisiera morir cada noche en ellas; con ese sexo oscurecido, piel más tiznada que el resto, con su hermoso vello púbico sombreando, creando un halo alrededor... libre y natural; incapaz de ignorar los fuentes brazos y la ancha espalda del hombre que da comienzo a toda la Humanidad.

No tengo conocimientos sobre la vida de Masaccio pero no he querido cambiar eso hasta el final del artículo, cuando el lector, quizá estimulado por la curiosidad desee buscarlos por sí mismo como espera hacer quien escribe. Por ello no haré atribuciones a su carácter ni lo imaginaré enamorado de su modelo o sólo atento al mismo como si de un muñeco o una mesa se tratara. Sin duda, en cualquiera de ambos casos apreciaba su belleza y la reproducía para nuestro asombro. Es precisamente su perfección, su nobleza natural lo que nos impacta cuando lo contemplamos presa de la desolación que ha caído sobre él como una noche sin piedad o una avalancha de negra desesperación. En ese choque desmesurado el hombre ha vivido desde entonces, en el equilibrio precario: de un lado las profundidades del infierno; del otro la excelsitud algo árida también para la naturaleza material del ser humano. Su belleza es amargo don en ese momento de expulsión; sus músculos sin tacha un obsequio a punto de marchitarse; su oculto rostro el enigma, la máscara que oculta la vejez que ya ha empezado. Porque, se intuye entre los dedos, los rasgos faciales de Adán eran dulces pero recios, cuadrados quizá, pero afables, simbiosis paradójica posible sólo en la mano del Sumo Creador. ¿Cómo no llorar con él en su tristeza, cómo no acompañarlo en su dolor? Y a pesar de todo, a través de nuestros propios dedos, que a su vez hacen de barrote a nuestros ojos, lo miraremos, esplendente, prototipo, ideal, con cierto brillo aún de inmaculado, mientras nuestro deseo lucha con la lástima, la admiración con la empatía.

Llegaos, si podéis, a esta ciudad. Elegid vuestro rincón y veréis que en él el hombre en su máxima potencia es el amo de la ciudad, a pesar de Venus y su nacimiento marítimo: Perseo, Adán, David, Hércules, Neptuno, Lorenzo y Juliano... os recibirán con los brazos abiertos y la sensualidad en floración. Han estado así durante siglos. Y su encanto aún perdura.



Las opiniones vertidas por los colaboradores de Universo Gay no se corresponden necesariamente con las de la empresa editora, siendo responsabilidad exclusiva de quienes las firman.


Fotos

Acerca de Guillermo Arroniz López

Guillermo Arroniz López Guillermo Arróniz López es escritor, escritor y escritor. Y cuando le queda algo de tiempo, escribe. Colabora como crítico de Literatura y Espectáculos en El Librepensador y ha publicado la novela “Epitafio del Ángel”, a la que siguió una colección viva de nanorrelatos históricos. Egales acaba de publicar Pequeños Laberintos Masculinos, su primera colección de relatos gays.

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Me encanta!!!!!
Por novelaseduardogarcia - 08/02/2014 11:25


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